jueves, 1 de julio de 2010

“Palabra de Tolstói”


He estado dudando si titular este artículo como finalmente me he decidido a titularlo, o bien haberlo titulado “Entre carlistas y progresistas, se caldea el fuego”. A medida que se avance en la lectura de este escrito se irá comprendiendo, me parece, el porqué habría estado acertado ese título desechado; desechado acaso porque al elegir el que he elegido no solamente doy cuenta escrita de que me ocupo en efecto de cuestiones de actualidad pero relacionadas con Tolstói, sino que de paso me sirve para rendir un sencillísimo homenaje, siquiera nombrándolo en el título, a uno de los genios de la literatura rusa precisamente ahora que se cumplirá, el próximo 20 de noviembre (según el calendario gregoriano) del presente 2010, el primer centenario de su fallecimiento (7 de noviembre según el calendario juliano, que es el que rige para los ortodoxos).

En El Reino de Dios está en vosotros (hay edición en español de este clásico del pensamiento europeo: Ediciones Kairós, enero 2010), acaso la obra señera, de las varias que concibió y destinó León Tolstoi para difundir su pensamiento social, moral y religioso (otros títulos: Confesión, ¿En qué consiste mi fe?, Crítica a la teología dogmática), el genial novelista ruso insiste en exponer, más con intencionalidad y estilo de escritura ideológicos que propiamente artísticos, la que para él era principal divergencia entre su pensamiento religioso y el cristianismo oficial o dogmático, representado en Rusia por la Iglesia ortodoxa, a saber, el desprecio con el que habían tratado, sucesivamente a lo largo de la historia de Occidente todas las Iglesias cristianas, la doctrina de resistencia al mal con la no violencia, doctrina que para el autor de obras inmortales de la literatura rusa y aun mundial como Guerra y paz o Ana Karenina, representaba la esencia del Evangelio de Jesucristo, en cuya divinidad el ruso no creía, al igual que no creyeron otros genios de la historia de la humanidad en sus dos últimos siglos, tales como Khalil Gibrán o Mahatma Gandhi.

Dicho con otras palabras: para Lev Nicoláyevich Tolstói (más conocido como León Tolstói), históricamente las Iglesias de la cristiandad se habían ocupado de traicionar el radical pacifismo de Jesús de Nazareth, a excepción de grupos marginales surgidos del seno del cristianismo mismo: menonitas y cuáqueros principalmente; éstos premiados, como comunidad minoritaria que habitan principalmente algunas regiones de los Estados Unidos, con el Nobel de la Paz en dos ocasiones.

A decir verdad, el influjo del pensamiento de León Tolstói en las ideas pacifistas y libertarias modernas, en un nivel sólo ligeramente inferior al que ocupan las grandes figuras del pensamiento anarquista (que son, muy probablemente, la tríada formada por Proudhon, Bakunin y Kropotkin), es inmenso. Incuestionable en personalidades de la talla de Mahatma Gandhi y Martin Luther King. El genio ruso, de origen aristocrático al igual que ese otro coloso que se llamó Pedro Kropotkin (Tolstói era hijo de princesa y de conde), desarrolló a lo largo de su vida una evolución espiritual e ideológica que fue, al menos en alguna medida, distinta a la de ese otro genio de la novelística rusa que se llamó Dostoievski. Porque en tanto éste acabó abrazando, hacia la fase de madurez de su vida, un credo nacionalista paneslavófilo, de corte reaccionario y enemigo de la unidad eslava con la Europa latina, el conde Tolstói acabó profesando un muy particular credo: una suerte de anarkocristianismo de aliento universal e intensamente pacifista, enemigo declarado del Estado y de la Iglesia, voluntariamente solidario con el mundo campesino, comunal y autogestionario. Y por extensión, deseoso de la solidaridad con la humanidad sufriente: estremecedor lo que el octogenario Tolstói exclama, instantes antes de fallecer, sobre la injusticia que pesaba sobre tantos millones de desheredados y pobres de la Tierra.

Expuesto lo que hemos expuesto, consideremos por un momento, a la luz, ya digo, de las ideas radicalmente pacifistas y, por qué no confesarlo ya, evangélicamente pacifistas de Tolstói, cómo deberían ser considerados los ejércitos. Histórica o secularmente los ejércitos han estado muy unidos a la institución eclesial, y viceversa, ésta a aquéllos, especialmente por lo que respecta a la Iglesia católica y, como es fácil conjeturar, me figuro que en no poca medida también por lo que toca a la Iglesia ortodoxa (en realidad incluso más “aliada” con el poder si cabe que la propia Iglesia romana, por la índole autocéfala y fuertemente nacionalista de las Iglesia ortodoxas, que empero no por ello se han visto libres de crueles represiones y persecuciones, en la época de Stalin principalmente); pero ¿al Evangelio de Jesús de Nazareth, quien no se lo pensó dos veces a la hora de exhortar, en la escena del Huerto de los Olivos o de Getsemaní (cfr. Mt 26, 51-54), a un seguidor suyo a que guardara su espada que acaba de desenvainar para defender a su maestro, porque “quien a hierro mata a hierro muere”? Incluso la Iglesia católica (por extensión, las Iglesias ortodoxas también, y en menor medida las comunidades y sectas protestantes) ha llegado a tener sus propios ejércitos; ha predicado Cruzadas de reconquista; ha abrigado en su seno a papas guerreros y a papas que han firmado sentencias de muerte (el último de estos, creo que del siglo XIX y en la actualidad elevado a los altares, Dios me perdone si me equivoco en un dato tan grave); ha bendecido ejércitos; ha consentido toda una red de asistencia de capellanes con alto grado militar…

Con todo, creo que lo que digo no es demagógico ni es una crítica facilona. En realidad, lo señalo porque adonde quiero apuntar es a que no sé qué podrán pensar, digamos que como en bloque, como grupo de opinión, como thinking tank, de las ideas pacifistas y por ende libertarias y antimilitaristas de León Tolstói, los carlistas de la Comunión Tradicionalista en España. Pero lo que sí sabemos es que recientemente han puesto el grito en el cielo porque en la pasada procesión del Corpus Christi en Toledo, las tropas del Ejército español allí presentes no rindieron honores al Santísimo Sacramento, honores militares al Santísimo Sacramento…

León Tolstói no creía en el Santísimo Sacramento (tradición por lo demás ajena a la Ortodoxia, pues estas Iglesias no tienen apenas reserva del Santísimo y mucho menos adoración eucarística), sobre todo porque Tolstói no creía en la divinidad de Jesús de Nazareth. Pero el genio ruso sí creía en el pacifismo radical del mensaje del Nazareno. Y es admirado hoy día por muchos grupos de gentes pacifistas y antimilitaristas y soñadoras empeñadas en la construcción de un mundo más fraterno, justo y libre. Por su parte los carlistas “en bloque” sí manifiestan creer en el Santísimo Sacramento, sólo que, en el radical pacifismo del Rabí de Galilea, que no tenía ni dónde reclinar la cabeza ni madrigueras en que esconderse, ¿están también dispuestos a creer?

Ciertamente, yo mismo no soy tan ingenuo como para sostener que de la noche a la mañana, en un abrir y cerrar de ojos, los ejércitos pueden desaparecer de la faz de la Tierra, y a renglón seguido todos tan hermanos y pacíficos “haciendo el amor y no la guerra”. Sin embargo, ahí tenemos Suiza, Costa Rica, el mismo Vaticano, que actualmente no dispone de ejército alguno, salvo la Guardia Suiza. Aunque los ejércitos por desgracia no pueden desaparecer así como así porque si desaparecieran el mundo a las pocas semanas acabaría desapareciendo también, puesto que las personas y sobre todo los bloques y facciones rivales de distintos países e ideologías se acabarían devorando sin remisión unos a otros, estimo que lo verdaderamente progresista, humanizante y evangélico es que los ejércitos, en efecto en la medida de lo que fuera siendo posible, fueran rediciendo sus efectivos. Y el gasto militar y la loca carrera armamentística, que aunque no siempre esté de actualidad sabemos que no cesa, que no da hilo sin puntada.

Puesto que lo que cualquier militante o activista social siempre ha sabido continúa siendo triste verdad, a saber, que con el gasto armamentístico de una gran potencia, pongamos Estados Unidos, gasto en unos pocos días, podrían organizarse toda clase de asistencias sanitarias y educativas para los países más empobrecidos. Por todo ello, estimo que la intención de un soldado en particular, con nombre y apellidos, puede en efecto ser muy buena, noble, loable y piadosa cuando participa en un acto de esos de “honor” al Santísimo. Pero la cuestión no es la buena voluntad de ese soldado o de aquél de más allá, sino lo que significa la presencia de lo militar honrando el Cuerpo de quien es Cristo para las Iglesias, cierto, sólo que también de quien fue Jesús de Nazareth, el Mesías, el Cristo, de acuerdo, pero en vida un predicador o profeta de un mensaje radicalmente inspirador de gestos de paz, de reconciliación, de no violencia activa. De desarme, de hermandad, de amor universal. Es decir, de valores y aspiraciones que, a lo largo de la historia, muy poquito que ver han tenido con la actuación de los ejércitos.

Por eso no termino de entender yo tampoco que las tropas militares deban seguir rindiendo “honores” al Santísimo. Porque no es que me parezca propiamente anacrónico el gesto de “honrar” militarmente el misterio de la fe católica (como todo en esta vida, los ejércitos también cambian, evolucionan, se modernizan, etcétera, pero un fusil sigue siendo un fusil y un tanque de guerra, un tanque de guerra, y las llamadas minas anti-persona, causantes directas de miles de muertos y de mutilados…), es que me parece, como poco, muy pero que muy difícilmente conciliable con la radical entraña pacífica del Evangelio de Jesucristo. Es esto.

30 de junio, 2010. LUIS ALBERTO HENRÍQUEZ LORENZO.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Escribe en libertad y sin censuras