domingo, 27 de junio de 2010

“L´homme stupide” (1919). LOS NEGROS


Lineo, el gran naturalista sueco, tratando de clasificar en buen orden las variadas formas que pueblan nuestro planeta, llamó al hombre, que constituye evidentemente una especie animal distinta a todas las demás: Homo Sapiens, el hombre sabio.

Pero un elogio tal es manifiestamente injustificado. El hombre acumula tan abundantes ejemplos de extraordinaria necedad, que convendría, para conformarse a la realidad de las cosas, denominarlo de otra manera y decir: Homo Stultus, el hombre estúpido. Cuando nos decidamos a emplear una clasificación zoológica seria y adecuada a las verdadera naturaleza de los componentes del reino animal, habrá que emplear este término.

Sin embargo todavía hay peor. Dentro de la especie humana existen categorías particularmente degradas para las cuales el epíteto que les corresponde debe ser expresado en superlativo: Homo Stultissimus, el hombre estupidísimo. Por ejemplo, y en primer lugar, los negros.

Desde hace 30.000 años hay negros en África, y durante esos 30.000 años estos no han llegado a nada que los eleve por encima de los monos. Incluso podemos afirmar que la organización social y el éxito en la adaptación a su medio ambiente es superior en algunas especies de simios.

Por lo menos, nosotros los blancos tenemos algunos monumentos, algunos esbozos de ciencia y arte, tratados de geometría analítica y de moral, diccionarios, dramas, catedrales, sinfonías, exposiciones universales, laboratorios de física, observatorios astronómicos y algunas chucherías más.

No mucho, después de 30 siglos, pero algo al fin, lo suficiente para dar a la humanidad blanca una apariencia de vida, si no muy razonable, cuanto menos intelectual y sofisticada. Los negros no tienen nada parecido. Siguen, incluso entre los blancos, viviendo una existencia vegetativa, sin producir otra cosa que ácido carbónico y urea. Las tortugas, las ardillas y los monos no tienen tam-tams cuyo ruido invoca una lluvia bienhechora, ni amuletos ante los cuales hay que prosternarse bajo pena de muerte, ni brujos repugnantes que se divierten con sacrificios humanos. Las tortugas, las ardillas y los monos no consentirían nunca agujerearse las narices con grandes pedazos de madera o huesos diversos, ni quemarse el caparazón o el pelaje para poder enseñar con ostentación las cicatrices de indelebles tatuajes que proclaman en caracteres grotescos el estigma de la incurable inepcia de esta sub-especie de tiznados que avergüenza al género humano. Las tortugas, las ardillas y los monos tampoco mutilan en horribles carnicerías, y por vaya a saber qué aberrantes motivos, el sexo de sus hembras. Estos animales están, pues, muy por encima de los negros en la jerarquía de las inteligencias.

Jean-Jacques Rousseau, uno de los espíritus más falsos y poderosos de todos los tiempos, ha emitido acerca de los salvajes -y todos los negros son unos salvajes- unas ideas muy singulares. Ha pretendido que el hombre, en estado natural es más sabio y más virtuoso que el hombre corrompido por la vida en común. A medida que las sociedades se han desarrollado, estas habrían deteriorado la naturaleza humana, la cual es primitivamente siempre sana, de manera que toda nuestra civilización, según Rousseau, no es más que el florecimiento de una gradual corrupción, que se prolonga y se intensifica. El hombre era antaño un ser bueno: la sociedad lo ha vuelto un ser malo.

No profeso una ciega admiración por nuestra pretendida civilización. Aun así, me veo en la obligación de reconocer que si nuestro estado social es informe, el estado salvaje es más informe todavía. Los negros de África, sin atenuar su barbarie, así como tratamos de hacerlo a menudo desde Occidente, por puro papanatismo seudo-intelectual, mediante tenebrosas ciencias y aventuradas estéticas, son mucho más absurdos que las más cerriles especies animales. Los negros se aglomeran en tribus insignificantes que se saquean y se matan unas a otras desde la noche de los tiempos. A veces es por comerse entre si (y son los menos ineptos), la mayor parte del tiempo es por la disputa de un campo de mijo o un trozo de selva. A menos que sea por motivos tan bajos, enclenques y extravagantes, que nadie, incluso entre los contendientes, los conoce.

¿Hasta dónde se parecen a los monos, sus medio hermanos? Miremos a esos ágiles animales en una selva: se divierten dando alegres brincos, saltando de rama en rama con una habilidad sorprendente, gritando sin cesar para llamarse, o para indicar a sus compañeros algún peligro. Sus muecas y sus contorsiones son inofensivas. Son sus juegos, unos juegos ingenuos, inocentes, que hacen un extraño contraste con los juegos bárbaros a los que se entregan los negros. Crédulos, obscenos, frívolos, perezosos, mentirosos, estos ejemplares deshonran la especie humana.

Si Rousseau hubiese sabido ir al final de su pensamiento, hubiera dicho que el hombre debe volver, no al estado salvaje, sino al estado animal. En efecto, nunca los animales son seres degradados, llevan una vida grave y serena. Cazan o pacen, según sean carnívoros o herbívoros. Cuando llega la noche, el macho y la hembra entran en su guarida, sin preocupación por el mañana, sólo atentos a no caer bajo los golpes de algún enemigo. Aquellos que viven en rebaños, como los bisontes o los antílopes, tienen un vago estado social que consiste esencialmente en agruparse para mejor escapar a las fieras y encontrar más ricos pastos. Los negros también viven en manadas, pero a su estado natural han añadido costumbres, a veces crueles, a veces ridículas, casi siempre crueles y ridículas al mismo tiempo, y tanto menos perdonables que su cerebro es algo más complicado que el de los monos, los bisontes o las ardillas, y que es capaz, al menos aparentemente, de algunos razonamientos rudimentarios.

(Traducción propia)

Charles Richet (1850-1935), médico e investigador francés, Premio Nobel de Medicina en 1913, escribe lo siguiente en un libro suyo, “L´homme stupide” (1919).


2 comentarios:

eletse dijo...

Seguramente esto sería un post racista para el gobierno español, pero de que es totalmente acertado no tengo ninguna duda al respecto, y si esto es de 1919 casi un siglo después es totalmente aplicable a los negros actuales, y seguro estará actualizado dentro de 5 siglos más, creo que le vendría bien el titulo de LA RAZA NEGRA, AYER, HOY, Y MAÑANA.

DORAMAS dijo...

A veces, por esos mundos, nos sorprendemos que existan personas que ven la realidad que se nos esconde hoy en día y el articulo sea de 1919.
Como bien dices, es algo para guardar, pues se puede poner cualquier día y nunca se queda arrastrado en el olvido.

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