viernes, 3 de junio de 2011

Una comida diferente



Pagó la  última ronda de unas cervezas que le habían sentado divinamente después  de una intensa semana de trabajo, se lo habían pasado bomba  despotricando del viaje del Papa, de la hipocresía de la Iglesia , de  todo lo que les pedía el anticlericalismo que los unía como la amistad  que se profesaban y que les servía para estar colocados en la misma  empresa pública de la Junta. Se fue a casa para comer algo antes de  echarse una buena siesta, pero de camino se encontró con un olor que lo  llevó directamente hasta el paraíso efímero de su infancia. Un olor a  cocido, a caldo humeante, el aroma que lo recibía cuando llegaba a su  casa después del colegio, con su madre atareada en la humilde cocina  donde la olla hervía sin cesar.
 
Entró en  un local que le pareció un restaurante modesto, pero con encanto; iba  distraído, pensando en el Informe Técnico sobre Prevención de Riesgos  Psicosociales de las Personas Expuestas a Situaciones de Disrupción  Económica Familiar que le habían encargado en la empresa pública donde  trabaja. En realidad, no era un restaurante; sino un autoservicio  frecuentado por gente de toda condición. Había personas ataviadas a la  antigua usanza, junto a individuos solitarios que vestían según las  normas alternativas del arte povera. De pronto abrió los ojos y se quedó  pasmado al comprobar que, quien le servía la comida en la bandeja, era  una monja. Aquello era un comedor social y se vio rodeado de eso que  nunca se nombra en los informes ni en los dosieres que prepara:  pobres.
 
Quiso  retirarse; pero la monja no lo dejó. Le sonrió y le dijo que no se  preocupara, que la primera vez es la más complicada, que no debía  avergonzarse de nada, que el cocido estaba buenísimo y que, de segundo,  había filete empanado; que no se perdiera las vitaminas de la ensalada  ni de la fruta, y que podía rematar la comida con un helado de los que  había regalado una fábrica cuyo nombre obvió. Se vio sentado a una mesa  donde un matrimonio mayor, y bien vestido, comía en silencio, sin  levantar los ojos de la bandeja. Enfrente, un tipo con barba descuidada  sonreía mientras devoraba el filete empanado y le contaba su vida; había  perdido el trabajo, el banco se había quedado con su casa, después del  divorcio no sabía a dónde ir; menos mal que las monjas le daban comida y  ropa, y que dormía en el albergue bajo techo. «Al final, he tenido  suerte en la vida, compañero; así que no te agobies, que de todo se  sale…
 
No podía  creer lo que estaba sucediendo. Nadie le había pedido nada por darle de  comer, ni le habían preguntado por sus creencias. Se limitaban a darle  de comer al hambriento, sin adjetivos. Al salir, no le dio las gracias a  la monja que le había dado de comer. Pero no fue por mala educación,  sino porque no podía articular palabra. Una inclinación de cabeza. Ella  le contestó con una sonrisa leve. «Vuelve cuando lo necesites y, si no  estoy, di que vienes de parte mía. Me llamo Esperanza».
Pregunta:
 
¿Hay algún comedor social regido por ateos, por  los sindicatos o por los partidos políticos?

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