domingo, 8 de agosto de 2010

“Entre José Ignacio Munilla y José Arregui”

Con respecto a la controversia, que de vez en cuando salta a los medios de comunicación, sobre las tensas relaciones existentes en la actualidad entre el actual obispo de la Diócesis de San Sebastián, el prelado guipuzcoano José Ignacio Munilla, y el franciscano también de origen vasco José Arregui –parece ser que en fecha reciente ha trascendido a la luz pública que es deseo del obispo donostiarra que los superiores franciscanos del díscolo Arregui lo destinen lejos, fuera de España, a ser posible al Tercer Mundo-, no quiero entrar en puntualizaciones ni comentarios de índole doctrinal, sino que más bien mi intención es señalar una posible consecuencia que me parece entrever en todo este embrollo, una consecuencia más de alcance pastoral y también eclesial.

Veamos. Considero que si en efecto "se demostrara" que el religioso y sacerdote José Arregui –se me olvidaba señalar que éste es considerado teólogo progresista, heterodoxo, de izquierdas, adscrito a las comunidades cristianas de base; por su parte, el obispo Munilla suele ser calificado de muy ortodoxo, de muy fiel al Magisterio, de muy conservador y de derechas- es un hereje –particular que al parecer él mismo habría reconocido también recientemente-, y la resultante de tal herejía no sería otra que, o bien por decisión propia –como acaba de hacer el sacerdote argentino Nicolás Alessio- o por excomunión acabara abandonando la Iglesia, estaríamos ante otra pérdida lamentable: mucha gente se ha encontrado con la persona de Jesucristo a través del testimonio cercano, entrañable, fraterno, amistoso, comunitario e igualitario de toda una generación de sacerdotes, religiosos y religiosas “hijos e hijas del postconcilio” que han intentando superar las seculares formas del clericalismo, el verticalismo jerárquico, la idea de Iglesia como "sociedad perfecta" más que como Pueblo de Dios que peregrina...

Sacerdotes, religiosos y religiosas identificados con las luchas sociales, con los movimientos populares, con las luchas solidarias, codo con codo con toda suerte de militantes increyentes (ateos, comunistas, librepensadores, libertarios, feministas…) y con los que era posible -y aún lo es, porque aún están ahí, compartiendo escenario con los nuevos curas, recién salidos del horno, en general de apariencia más conservadora-, en pie de igualdad -generalmente desde el tuteo: sacerdotes, religiosas, religiosos y seglares-, crear climas de respeto y de confianza capaces de propiciar desde reflexiones sobre el proceso de la fe personal o respectiva, hasta tomarse unas cañitas y compartir una movida intercultural, pasando por la sencilla práctica del deporte o el compartir gustos musicales, artísticos, cinematográficos...

Creo que hay como un intento, bajo la "consigna" de velar por la sana doctrina católica, de retorno conservador a formas clericales y hasta neoconfesionales que en realidad la mayoría de la gente de nuestro tiempo no está dispuesta a aceptar, puesto que en ellas ve sobre todo el intento de retorno a "la Iglesia de siempre": alianza entre el trono y el altar, conservadurismo cultural, ideológico y político, seculares privilegios para la Iglesia, imposición de un único modelo de ideario moral a una sociedad "adulta", laica, secularizada, plural y democrática.

En realidad, la impresión que se tiene es que para no pocas autoridades de la Iglesia católica –esto es, obispos-, la deriva postconciliar, doctrinal, litúrgica, disciplinar, se salió tanto de madre que se ve como necesario, imprescindible, todo ese proceso de reordenamiento de la fe; a ese reordenamiento, no pocos críticos lo llaman involución eclesial. Para mí, involución o no –en realidad no lo sé a ciencia cierta-, lo que sí traería o podría traer parejo ese proceso es el “finiquito” –he estado a punto de escribir “la patada en el culo”- a un tipo de sacerdote católico, de religioso y de religiosa acaso más preocupados por las luchas sociales que por llevar traje talar; acaso más sensibles al dolor de los pobres y humildes que respetuosos con las formas meramente litúrgicas…

De modo que no puedo sino preguntar: ¿Tan malo ha sido ese estilo de ejercer el ministerio ordenado y la vocación de servicio religiosa consagrada como para pretender borrarlo del firmamento de la Iglesia?

7-8-2010. LUIS ALBERTO HENRÍQUEZ LORENZO

viernes, 6 de agosto de 2010

“Iglesia, Vaticano, jerarquía…”

Indudable para una mayoría de ciudadanos de todo el mundo, meridianamente claro para casi todo el mundo –estimo- que la Iglesia católica, durante sus 20 siglos de historia, ha actuado a menudo en alianza o connivencia con los poderosos de la Tierra: Europa feudal, terratenientes de todo signo y lugar, oligarcas, militares, dictadores, monarquías tan déspotas y represoras de las libertades como "justificadas" con el llamado derecho divino... En definitiva, una estructura de poder que ha secuestrado el sueño liberador de Jesús de Nazaret, quien predicó sobre todo con vistas a conformar un movimiento pacífico de comunidades fraternas de iguales, no una estructura piramidal de poder.

Sin embargo, retomando las últimas líneas del párrafo anterior (sobre todo lo de sueño liberador de Jesús), sería bueno que no perdiéramos de vista que el mensaje cristiano ha sido y sigue siendo fuente de liberación humana integral. Y que institucionalmente, la Iglesia también ha hecho mucho bien a la humanidad entera –y hace el bien en muchas partes de nuestro atribulado mundo-. Echemos, si no, un vistazo a la inmensa mayoría de los movimientos sociales y de liberación que la humanidad ha conocido en los últimos dos milenios. Con todo, aceptado de buena gana lo anterior, para mí que uno de los problemas capitales de la Iglesia, de la Iglesia de siempre -en realidad, se trata de un problema consubstancial a la condición humana, en todo tiempo, lugar y cultura-, podríamos considerar que no es otro que la tremenda distancia que se da muy a menudo entre lo que enseñan y proponen sus pastores, esto es, su doctrina, el llamado Magisterio, y lo que acaban haciendo muchos de sus hijos e hijas, obispos incluidos.

Un ejemplo -que ya he tenido ocasión de comentar en otros foros-. Hace apenas unos meses en Valencia, en el marco de un congreso sobre el presente y el futuro de la escuela católica, el que fuera arzobispo de la sede primada de Toledo y actual cardenal responsable del dicasterio romano encargado de velar por la liturgia y las normas de los sacramentos, el español Antonio Cañizares, lamentaba que la escuela católica en España no hubiera cumplido bien con su cometido. Y de paso recordaba lo que la propia Iglesia afirma que ha de ser el perfil ideal del profesor de la escuela católica: éste debe ser un evangelizador enamorado de Jesucristo. Sin embargo, hete aquí que me supongo que los obispos han de ser los primeros en conocer y reconocer que, salvo honrosas excepciones, la inmensa mayoría de los profesores de la escuela católica (y de los profesores que imparten Religión católica en la escuela pública, trabajadores y trabajadoras de Cáritas y otras movidas asistenciales, personal sanitario de centros médicos de ideario católico, etcétera) ni son evangelizadores ni están especialmente enamorados de Jesucristo; y mucho menos si cabe se manifiestan como fieles seguidores del Magisterio de la Iglesia, del que por lo general sistemáticamente pasan y descreen.

En verdad, la inmensa mayoría del personal profesional docente de la escuela católica lo hará mejor o peor, su labor docente -y sin duda los habrá muy buenos, bendito sea Dios-, sólo que lo que jode es que el cardenal nos salga ahora con ese pasteleo afirmativo que prácticamente nadie se cree ya: la escuela católica, salvo muy excepcionales casos, no promociona, entre su profesorado contratado, a buenos evangelizadores enamorados de la causa de Jesucristo -cuyos predilectos siguen siendo los pobres, los hambrientos, los marginados: los evangelistas Mateo y Lucas coinciden en este mensaje en sus respectivas versiones de las Bienaventuranzas-. Desde la escuela católica, lo que se sigue promocionando se llama movidas clasistas, burguesas, nepotistas, corporativistas, conservadoras, antimilitantes y desencarnadas... La gente lo sabe, la inmensa mayoría, incluidos, natural, los que más sufren la hipocresía de que las cosas funcionen así -a menudo yo mismo siento que es tan hipócrita e indecente la situación que raya en el absurdo y el cinismo-.

Sólo que la culpa no la tienen los profesionales docentes de la escuela católica, entre los que los habrá excelentes, sin duda, ya lo reconocido, y hasta buenos evangelizadores enamorados de la causa de Jesucristo -pocos, más bien-. La responsabilidad de que las cosas sean como son habría que buscarlas en los responsables de esos centros educativos que toleran todas esas mediocridades, nepotismos, aburguesamientos clasistas, tráfico de influencias y traiciones al ideal que la Iglesia misma establece y propone a todos sus hijos e hijas, no yo que estas líneas escribo, y que sistemáticamente se incumple. De manera que para las muchas personas que conocen que en efecto la realidad de que hablamos aquí y ahora es la que es, ¿qué atractivo puede seguir teniendo la Iglesia? Los que se benefician de que la situación sea la que es, pues eso, se benefician, cojonudo para esos tales; empero, los que ven esa enorme incoherencia, de la que son partícipes incluso los obispos, pues acaban pasando de la Iglesia, lógico, descreyendo de ella, rechazándola, despreciándolo o, sobre todo, ignorándola: la dan por imposible.

Si la palabra hipocresía es la que más sigue sobrevolando, al menos según la consideración de muchísimas personas, sobre los techos, campanarios y actuaciones de la Iglesia universal, ¿pronto volverán a llenarse de fieles los templos? Ni de coña: me temo que la deriva de la secularización y la lenta deserción o apostasía de las mayorías no va a haber dios que pueda pararlas. En gran parte, por culpa de la Iglesia misma, ya he dicho, por su pertinaz y farisaica incoherencia entre lo que enseña y lo que hacen luego, directamente en contra u oposición de la doctrina enseñada, tantos de sus fieles, obispos incluidos. De modo que la Iglesia, que sigue sembrando vientos (los vientos de la incoherencia, la hipocresía, el nepotismo, el tráfico de influencias, el aburguesamiento clasista, el burocratismo...), tendrá que seguir recogiendo tempestades: las tempestades del pasotismo y la total indiferencia hacia ella de mucha gente, las tempestades del descrédito social en que ha venido a caer en España, las tempestades de las crisis de vocaciones y los templos cada día más vacíos, las tempestades de la perplejidad de no pocos de sus hijos que ven estupefactos cómo, después de haber entregado años, esfuerzos y muchos talentos a la causa del Reino, que es la razón de ser de la Iglesia -sacerdotes secularizados en paro (conozco varios casos; piden ayuda insistentemente a la Iglesia y ésta pasa de ellos, más madrastra que madre), ex seminaristas puteados y marginados incomprensiblemente por la institución, etcétera-, la Iglesia los desprecia, no les echa ni una elemental y básica mano misericordiosa, en tanto sigue manteniendo entre su personal profesional a toda ralea de mediocres, burócratas, espiritualistas desencarnados, simples enchufados, trepas y trepillas que se sirven de la Iglesia en beneficio propio, para lanzar sus carreras académicas, por ejemplo; e incluso docentes ateos y agnósticos en la mismísima escuela católica –contra los que nada tengo, sólo que ya conocemos lo que la propia Iglesia afirma al respecto: el profesor de la escuela católica debe ser un evangelizador enamorado de Jesucristo-. Naranjas de la China: ni los obispos que se quejan de eso se creen lo que dicen sobre este asunto, me creo yo.

Desde luego, de las docenas y docenas de profesionales docentes de la escuela católica que yo conozco, evangelizadores y enamorados de Jesucristo y de su Iglesia -insisto, el ideal propuesto no por mí sino por la propia Iglesia-, no me parece conocer a ninguno. A ninguno. Buenos profesionales los habrá, y hasta excelentes hombres y mujeres, honrados, amables, intelectualmente brillantes, adornados con toda clase de valores y virtudes, pero militantes o misioneros enamorados de Jesucristo y de Iglesia, como que no, como que no he tenido la suerte de conocer a ninguno todavía, qué pena, con la alegría que me llevaría conocer a alguno. Y si esto no es hipocresía, que venga Dios y lo vea. O como suele repetir un amigo mío: "Hoy día la Iglesia, al menos en España, parece más puta que santa " -por aquello, no se me escandalicen, de padres de la Iglesia como Agustín de Hipona y Jerónimo, el de la Vulgata: "La Iglesia es una casta meretriz-.

En fin, es lo que hay, sobreabundante.

Julio, 2010. LUIS ALBERTO HENRIQUEZ LORENZO.

jueves, 5 de agosto de 2010

“Carta abierta –que no creo que llegue a leer- a Juan José Tamayo Acosta”


Y sin embargo, Juan José Tamayo, permíteme que te replique –a ti, sí, a ti que te ganas la vida con la Teología- que esos grupos o movimientos católicos que tú calificas (¿con desprecio?) como “corifeos” (de los obispos, se entiende, algo así como apéndices de la doctrina del Magisterio), esto es, “los movimientos neoconfesionales” (permíteme: Opus Dei, Camino Neocatecumenal, Renovación Carismática, Legionarios de Cristo, Focolares, etcétera), son los únicos que se expanden, no sin grandes vaivenes y dificultades, cierto (los aires de la secularización siguen siendo muy huracanados, dentro y fuera de la Iglesia) actualmente en la Iglesia católica. Los únicos. Pues ni siquiera el otrora pujante y muy enérgico Movimiento Cultural Cristiano (no digamos Acción Cultural Cristiana o el Instituto Emmanuel Mounier, plataformas de cristianos de izquierda pero no necesariamente progresistas, digo progresistas antipapa al estilo tuyo, pongamos), tengo entendido que crece hoy día, por lo menos de la forma enérgicamente militante con la que solía crecer, ya digo que en plan activista, militante y misionero, hace apenas unos años. Pero lo que es los grupos del progresismo eclesial (cristianos de base y demás familia), no sólo no crecen en absoluto sino que alarmantemente decrecen: suelen acabar siendo engullidos por el progresismo de corte agnóstico y ateo, con el consentimiento tácito o explícito de algún que otro curilla de esos considerados “enrolladitos y chachi pirulis”.

Ignoro por qué sucede así, yo sé en verdad muy poquitas cosas (perplejidades, muchas; orientaciones para el camino, algunas: “sigue más atentamente los pasos y las palabras del sucesor de Pedro, a pesar de las maldades e incoherencias de la Iglesia misma, y del propio sucesor de Pedro, que las palabras y los pasos de quienes parecen tener como ocupación principal atacar al sucesor de Pedro”), aunque sí me viene a la mente ahora un pensamiento del papa Benedicto XVI en alguno de sus libros, no recuerdo cuál pero ello no importa para el caso que aquí seguimos: “Los modelos de cristianismo disiente suelen acabar volviéndose muy sectarios, y por ende muy minoritarios, casi sin seguidores, pues se quedan en un proyecto infructuoso luego de haber vuelto sosa la sal del Evangelio”. Y creo recordar que el Papa luego continuaba su reflexión teológica señalando que también les acaba ocurriendo lo que les acaba ocurriendo porque portan en su interior la semilla del sectarismo, de la discordia, la división, de manera que no tarda en sucederles lo que a todo sarmiento desgajado del tronco de la vid (que se seca y muere).

De todas maneras, es la palabra del Papa contra la tuya, no son diagnósticos míos las líneas inmediatamente precedentes. Y por cierto, no pretendo polemizar. A decir verdad, lo que tú señalas en tu artículo “Católicos, pero menos”, publicado en el periódico La verdad de Murcia, puede que tenga su razón de ser y su buena parte de verdad -la increencia aumenta en España a pasos agigantados, lo institucional está en crisis (la Iglesia católica, la institución por antonomasia en Occidente, no iba a quedar al margen de esa crisis general de las instituciones), los obispos y en general las jerarquías católicas siguen aliándose o siquiera alineándose con los poderosos, con las derechas políticas y culturales; la mujer sigue sin ser suficientemente reconocida en la Iglesia, lo mismo que los seglares, etcétera), solo que para mí que la regeneración moral del catolicismo no ha de proceder tanto de seguir insuflándole más aliento, viento y contenidos secularistas cuanto sí de mirar el testimonio de vida de los santos y santas y conjunto de grandes corrientes de espiritualidad a lo largo y ancho de la historia de la Iglesia. Es decir, purifica y regenera más a la Iglesia detenerse en el testimonio de vida de una santa como la italiana Gianna Beretta Moya –que a imitación de Cristo cumplió en su vida aquello que bien se sabía el gran Emmanuel Mounier, a saber, “hay fidelidades que valen más que la propia vida”-, que devanarse los sesos considerando cómo sería posible cristianizar el feminismo de género. Esto al menos pienso yo –y Benedicto XVI, permíteme, piensa lo mismo-; tú, puede que no.

Porque para mí que el gran problema de la Iglesia católica en estos momentos no es otro que la tremenda y tenebrosa falta de fe de muchos de sus hijos e hijas, obispos incluidos (algunos obispos, quiero decir). O lo que es lo mismo: la incoherencia entre la vida que se hace y la fe que se profesa. De manera que la solución no estaría, por ejemplo, en aceptar sin más o así porque sí el uso de anticonceptivos, como planteas tú en tu artículo, sino en que las autoridades de la Iglesia no contratasen profesionalmente ni depositasen su confianza, para tareas relacionadas con la sanidad, la educación, los servicios sociales, etcétera, a personas contrarias al Magisterio. Así de claro y contundente. Por desgracia, todos esos ámbitos están llenos de personas, más o menos contrarias al Magisterio: mundanos y mundanas, progres egoistizados al máximo, profesionales -que incluso puede que sean buenos en su respectivo oficio o desempeño profesional- de mentalidad burocrática o funcionarial, feministas de mentalidad antifamilia y antinatalista, ex religiosas feministas de género y proabortistas, simples enchufados que apenas arriesgan nada en el camino de la fe, trepas y trepillas que se aprovechan de la Iglesia para hacer carrera académica…

De modo que siendo así la cosa la perplejidad que al menos a mí me resulta más sangrante, digámoslo así, es, ¿por qué tal situación se ha acabado incrustando y de qué manera en el seno de la Iglesia?, esto es, ¿por qué esa gangrena? Para mí que ese es el gran cáncer de la Iglesia, no lo que tú planteas, que no es sino, entiendo yo-perdóname si no he entendido bien tu planteamiento de fondo-, tu deseo de mundanizarla más, a la Iglesia, de secularizarla más, no de hacerla más fiel al Evangelio, es decir, al sueño de su fundador.

2-8-2010. LUIS ALBERTO HENRÍQUEZ LORENZO.

miércoles, 4 de agosto de 2010

MÁS PREOCUPACIÓN POR LOS ANIMALES QUE POR LAS PERSONAS

Vivimos en una mundanal confusión que nos enmaraña hasta los sentimientos más interiores. En ocasiones, debido a este caos inhumano injertado en vena por los devoradores de principios naturales, sucede que respetamos más a un animal que a un niño. No digo que esté mal cuidarlos; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los individuos. Por ejemplo, resulta un contrasentido que Cataluña prohíba los toros y que, por otra parte, se quiera dar carta blanca al negocio del aborto. Más sinrazones: mientras millones de personas se mueren de hambre, también aumentan los hoteles para mascotas y perros. Otro gran lucro. Ciertamente, es paradójico a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales, pero también considero vergonzoso e injusto invertir caprichosamente en ellos antes que en las personas. Este mundo decadente necesita ponerse en orden y saber discernir lo prioritario de lo accesorio, lo esencial de lo secundario.

La manipulación está a la orden del día. Siempre hay alguien que te dice lo que debes hacer, a veces hasta te obliga porque es lo políticamente correcto, y a uno tampoco le dejan ni tiempo para pensar, que es lo verdaderamente interesante. Por consiguiente, también nos hallamos bajo una manipulación perversa, muy sutil, pero que ahí está, confundiéndonos de camino, reduciéndonos a la nada, vapulearnos a sus intereses, perturbarnos la convivencia. Los valores humanos son demasiado nobles para ser mezclados en luchas políticas o para promover contiendas sin sentido. El intelecto humano nos distingue de los animales. Con razón, se dice que los mortales no es más que lo que la educación hace de él. Por tanto, no se puede educar en el desconcierto ni predicar sin referentes.

De igual modo, está muy mal que a los animales se les niegue una libertad que la propia naturaleza les ha dado, esta prisión es un maltrato en toda regla, como también es horrible que el hombre siga siendo un lobo para el hombre.

Es justo y preciso que demos valor a la responsabilidad de proteger el medio ambiente, las plantas y los animales, pero no menos razonable es el deber de cuidar del ser humano, por lo que es y representa, sobre todo lo demás. Sin duda, una civilización se puede juzgar por el corazón de sus gentes, por la ayuda que se presten entre sí, pero de igual modo por la manera en que trata a sus animales. Por desgracia, nuestra cultura en estos lindes diferenciadores de personas y animales navega en el irresponsable desorden.

Víctor Corcoba Herrero

lunes, 2 de agosto de 2010

DESLIGITIMACIÓN DE LOS SINDICATOS

Dentro del paquete de medidas socio-económicas, con hondo calado ideológico, que sustentan la actual política de recortes para los sectores más desprotegidos, anda desperdigado, por parte de un sector de la grada, el cuestionamiento del sindicalismo en el devenir de la crisis de empleo que estamos sufriendo.

Esa parte ruidosa del estadio considera infumable que una organización de representantes de los trabajadores/as reciba dinero público, o acaso horas para ejercer la labor sindical. Probablemente, aunque no está en el guión expresarlo ahora, también consideren deleznable que se informe a los trabajadores/as sobre sus derechos, existan comités de empresa con capacidad para presentar reivindicaciones, la evaluación de la prevención de riesgos laborales, o asambleas de trabajadores para discutir sobre sus condiciones de trabajo, acciones todas ellas que requieren, hoy por hoy, de un imprescindible apoyo económico y organizativo para poder afrontarlas, al cumplir una evidente función social de integración y compensación de desigualdades. Se puede decir bien alto, porque la mayor parte de las mejoras en los centros de trabajo no han caído del cielo (y existe mucho de amnesia interesada en este olvido), sino que han venido de la mano de trabajadores/as organizados que se han movilizado para mejorar el desempeño del trabajo en las empresas, siguiendo una estela casi intemporal pero que, sin embargo, aún hoy tiene un enorme recorrido por ejecutar, con reconocimiento expreso en nuestro marco normativo fundamental, y desde el convencimiento de que una economía no tiene futuro si empeora la situación de lo que algunos denominan sus "recursos humanos".

Si tiráramos un poco más del hilo de los ultra-sur del campo de batalla, nos encontraríamos con el mensaje cualificado de técnicos de grada que consideran que la negociación de convenios colectivos - que nuestro ordenamiento jurídico dota de la categoría de ley - debe pasar a ser historia, y que lo que aquí importa es el "tú a tú" del empresario y el trabajador, tirando por la borda códigos enteros de derecho del trabajo y su misma justificación histórica, una justificación que parte de la manifiesta desigualdad existente entre empleador y empleado, lo que ha provocado necesariamente la creación de un ordenamiento que tutele el derecho constitucional a acceder al trabajo.

Ocurre, sin embargo, que del otro lado del campo nos encontramos con un silente público que, probablemente, precise encontrar fáciles chivos expiatorios a la lamentable situación socio-laboral que vivimos. También quizás se haya olvidado, tras la marea de crecimiento de la última década, que el mantenimiento de las condiciones de trabajo, y su mejora, pasa, entre otras cuestiones, por la organización activa de los asalariados/as, tanto en los centros de trabajo como en el ámbito nacional e internacional, y el correspondiente reconocimiento de su papel socio-económico por parte de las instituciones.

La necesaria y mejorable gestión sindical vendrá de la mano de los que eligen a sus representantes, si consideran que es necesario organizarse para defender derechos que se mantienen, y sólo si hay movimiento para su defensa, porque de otro lado también cabe la inopia, languidez y resignación ante cambios que parecen inevitables a la luz de los reclamos especulativos y financieros de turno. La cantidad y calidad del empleo, así como la aspiración a una sociedad mejor, y la imprescindible presencia de la organización de los trabajadores y trabajadoras dependerá del grado de compromiso de una sociedad con la garantía de derechos a acceder a un puesto de trabajo, y que éste tenga condiciones dignas.

A contra pie ha cogido a esta sociedad la dimensión de la ola "contrarreformista" que se está fraguando. Probablemente andamos adormilados, sin entender muy bien en qué consiste esta algarabía que algunos quieren montar, pensando más en las tarifas del móvil que en la probabilidad de que el entuerto vaya con nosotros, instalados en un impasse que algunos (cosas de la falta de memoria histórica) creen imperturbable. Pero trae esta campaña una carga de profundidad demasiado seria para ignorarla y demasiado irresponsable sería, aunque fuera por la memoria de los trabajadores/as que han caído a lo largo de los años, abandonarnos al nihilismo, cuando probablemente tengamos una cita histórica hoy con el futuro del trabajo digno, que algunos se empeñan en estos días, y en aras de los sacrosantos mercados, en cuestionar.

Juan Jesús Bermúdez

sábado, 31 de julio de 2010

NOS LO PONEN CRUDO

A pesar de que somos más conscientes de la escasez de los combustibles fósiles y de que su extracción forzada y su utilización llevan a este planeta a una crisis de subsistencia de dimensiones incalculables (cambio climático, calentamiento global, contaminación, enfermedades, corrupción, conflictos bélicos, etc), las grandes multinacionales del sector no dejan de insistir, con la complicidad de muchos gobiernos, en mantener, a cualquier precio, su status de poder económico y político imponiendo la continuidad de un sistema energético suicida.

En los últimos 150 años el modelo económico imperante ha provocado que la emisión de gases a la atmósfera haya trastocado los ecosistemas de una manera brutal, poniendo en riesgo el futuro de la humanidad, hasta el punto de que la comunidad científica internacional advierte que sólo una profunda transformación basada en limitar el crecimiento y en propiciar el ahorro y la eficiencia energética, además de sustituir el carbón, el gas y el petróleo por energías limpias, puede frenar esta peligrosa espiral destructiva que estamos viviendo.

Hoy nadie pone en duda que estamos en el cenit del petróleo y el gas y que vivimos en una especie de huída hacia adelante buscando desesperadamente nuevos yacimientos que permitan mantener el sistema a cualquier precio. Cada vez la ubicación de las nuevas bolsas de petróleo, y por consiguiente también de gas, hace más difícil su extracción al estar localizadas en zonas altamente protegidas o en alta mar y a profundidades enormes. Cada vez, por tanto, los riesgos, la contaminación, la compra de voluntades y la merma de seguridad para abaratar los costes se hacen más patentes. Pero no les importa. Nada ni nadie les va a hacer renunciar a seguir controlando el presente y el futuro de todos nosotros. Como canta Serrat, nos tienen a su merced, "como hojas muertas".

Los escandalosos vertidos de los últimos días en el Golfo de México (800.000 litros diarios de petróleo y 500.000 de metano que se escapan al mar fruto de una "negligencia" propiciada para ahorrar costes en la extracción) y de China (1.500 toneladas derramadas en el mar Amarillo que afectarán al medio natural durante más de una década) no son sino la punta de un iceberg de las descomunales consecuencias que desencadenan las extracciones de petróleo y de gas en el Planeta. Efectivamente, los ejemplos no cabrían en las páginas de este periódico, pero déjenme que haga referencia a algunos especialmente significativos. Según Eco2site, el vertido de BP en el golfo de México no se encuentra ni entre los cincuenta principales accidentes ocurridos en el mundo. Los diez más graves serían , por este orden, Ixtoc, Atlantic Empress, Nowruz Oil Field, ABT Summer, Castillo de Bellver, Amoco Cádiz, Haven, Odyssey, Torrey Canyon y Sea Star, pero en realidad los vertidos son continuos, días tras día, y se producen desde el mismo momento en que se localizan los lugares donde se van a abrir los pozos, que se inundan de lodos químicos, altamente contaminantes, para facilitar la penetración de los taladros. A partir de ahí todo es contaminación sin control: extracciones que producen pérdidas en el mar o en la tierra y lodos con metales pesados y tóxicos como el cadmio, cobre, arsénico, mercurio y plomo, que terminan cayendo al mar; millones de barriles derramados en territorios selváticos, ríos, lagos y mares; combustión que libera CO2, dióxido de azufre, de nitrógeno, etc; filtraciones naturales, pérdidas de las refinerías situadas en la costa o los desechos de millones de barcos que diariamente surcan los mares...Se calcula que alrededor de 1.500 millones de toneladas al año son transportadas a través de los océanos y que sólo en el proceso de carga y descarga se pierde el 0,1% y que los lavados y desperdicios de los buques arrojan al mar 3,5 toneladas de petróleo...Y otro tanto ocurre con el gas, que vive un proceso parecido con pérdidas de un 33% de su producción bruta dedicada a la comercialización, que en grandes gaseoductos puede llegar a un 50% y en las ciudades en torno a un 15%..., lo que agrava mucho más la situación como les contaba la semana pasada ya que cada molécula de gas metano tiene un efecto invernadero que multiplica por 24 el de una molécula de C02.

El 70% de los yacimientos descubiertos en todo el mundo en la última década son marinos y cada vez más profundos y difíciles. Según Santiago Carcar (El País) las nuevas reservas están en aguas alejadas de la costa, en siete zonas principalmente: el golfo de México, Brasil, el golfo de Guinea, el mar del Norte, el Mediterráneo, el mar de China y Australia. Para el profesor Joaquin Sempere (Público) el caso más extremo es el de Nigeria "que proporciona a Estados Unidos el 40% del crudo que importa" y donde en el último medio siglo se derramaron hasta 1,5 millones de toneladas de crudo, "unas 30 ó 40 veces el petróleo derramado en el golfo de México tras el primer mes del accidente". También Ecuador, absolutamente presionado, está buscando desesperadamente que los países ricos le compensen el 50% de los 6.000 millones que ganaría poniendo la selva Yasuní, Reserva de la Biosfera, en manos de las petroleras. Pero la cosa va más allá, peligrosamente más allá. En la última cumbre entre Obama y Cameron se sentía la presencia en el ambiente del terrorista libio Al Megrahi, liberado de las cárceles inglesas gracias a las presiones de BP para que se pudiera firmar un contrato millonario con Libia. Kenneth Rogoff, ex economista jefe del FMI, nos dice que la evolución de la tecnología del petróleo ha ido en un paralelo doloroso a la de los instrumentos financieros, hasta el punto de que nos han metido en una situación de enorme peligro al jactarse "de que podían perforar hasta una profundidad de dos kilómetros y después un kilómetro en sentido horizontal y acertar en el blanco con un margen de error de unos metros" y así cometer las barbaridades que se están repitiendo en todo el mundo.

Pero no hay que irse muy lejos para vivir situaciones parecidas. Repsol es el encargado en Europa de investigar las nuevas reservas de petróleo y de hecho explota en estos momentos, entre otros, unos yacimientos frente a las costas de Tarragona, a 2.400 metros de profundidad, desde donde se han provocado importantes vertidos en los meses de mayo y junio, sin que se informara a Fomento y sin que éste se diera por enterado hasta que la fiscalía abrió un proceso contra la compañía por atentado contra el medio ambiente. Más tarde conocimos que Medio Ambiente había dado el visto bueno a las extracciones y que eximió a la petrolera de evaluar el impacto ambiental, en una demostración rotunda del poder de estas empresas sobre los gobiernos de turno, cualquiera que sea su significación política. Por cierto, es la misma Repsol que tiene puestos sus ojos en Canarias para extraer crudo en nuestras costas y a la que no hace ascos el ministro Sebastián que por lo visto les debe unos favores que están muy por encima de nuestra economía y nuestro medio natural. Imagínense un vertido y sus afecciones sobre nuestro turismo, por ejemplo, entre otras cosas.

Mientras Obama ha aprovechado la ocasión para poner en marcha una auténtica reforma energética en EEUU prometiendo una energía menos dependiente del petróleo, acudiendo además a tecnología y empresas españolas, España empieza a recular en el campo de las renovables debido a las presiones de las eléctricas y Europa se arruga y recula ante una propuesta inicial de poner en marcha una moratoria a las nuevas perforaciones en alta mar para no enfrentarse a la Asociación Internacional de Petróleo y Gas (OGP) que rechazó frontalmente esta posibilidad.

Y es que los que mandan, mandan. Y punto. Ningún accidente de los que he citado en este artículo se ha cerrado con algo más que alguna indemnización que apenas hace un poquito de cosquillas a las multinacionales. El último ejemplo lo tenemos con lo sucedido hace 26 años en Bhopal donde una nube tóxica de la compañía química estadounidense Unión Carbide mató a 25.000 personas y ahora se ha saldado con ocho acusados condenados a dos años de cárcel que no tendrán que cumplir.

Y nosotros por aquí siguiéndoles el jueguito a las petroleras y a las gasistas, desde un entreguismo irresponsable y claudicante.

Antonio Morales Méndez
Alcalde de Agüimes